
Es la mayor área de Europa sin intervención humana directa. Un territorio de 4.700 kilómetros cuadrados repartidos entre Ucrania y Bielorrusia, el equivalente a la mitad de la provincia de Madrid y que, paradójicamente, se ha transformado en una reserva natural de facto. Entrevistamos a Germán Orizaola, investigador de la Universidad de Oviedo y experto en la recuperación biológica de este extenso y delicado territorio.
“La naturaleza se encuentra allí en mejores condiciones que antes del accidente”. Allí habita la mayor densidad de lobos de toda Europa, junto con una población muy importante de lince boreal. Osos, bisontes y caballos de Przewalski han llegado por su propio pie. Sin olvidar alces, corzos, urogallos y cientos de especies de aves. La biodiversidad, subraya el científico, es extraordinaria.
Pero el investigador pide matizar una idea muy extendida. Chernobyl no es solo la central y la fantasmagórica ciudad de Pripiat. Es un territorio enorme. Y a día de hoy, alrededor del 70% de esa superficie presenta niveles de radiación que serían perfectamente compatibles con la vida humana, similares a los de cualquier otra parte del mundo. El 30% restante tiene una contaminación algo más alta, pero muy heterogénea.

