Créditos: Univ. Oviedo

Es la mayor área de Europa sin intervención humana directa. Un territorio de 4.700 kilómetros cuadrados repartidos entre Ucrania y Bielorrusia, el equivalente a la mitad de la provincia de Madrid y que, paradójicamente, se ha transformado en una reserva natural de facto. Entrevistamos a Germán Orizaola, investigador de la Universidad de Oviedo y experto en la recuperación biológica de este extenso y delicado territorio.

“La naturaleza se encuentra allí en mejores condiciones que antes del accidente”. Allí habita la mayor densidad de lobos de toda Europa, junto con una población muy importante de lince boreal. Osos, bisontes y caballos de Przewalski han llegado por su propio pie. Sin olvidar alces, corzos, urogallos y cientos de especies de aves. La biodiversidad, subraya el científico, es extraordinaria.

Pero el investigador pide matizar una idea muy extendida. Chernobyl no es solo la central y la fantasmagórica ciudad de Pripiat. Es un territorio enorme. Y a día de hoy, alrededor del 70% de esa superficie presenta niveles de radiación que serían perfectamente compatibles con la vida humana, similares a los de cualquier otra parte del mundo. El 30% restante tiene una contaminación algo más alta, pero muy heterogénea.

CSIC/Univ. Oviedo /></p><p>Orizaola explica que la radiación está determinada por lo que denominan "partículas calientes": puntos individuales de material radiactivo. La radiación no se reparte de forma uniforme. Se puede estar en una zona que marque 10 microsieverts por hora y, al moverse dos metros, la radiación es la normal. Esta distribución tan <strong>desigual</strong>, apunta, la conocen bien porque teóricamente, durante años, los únicos con acceso para medirla eran los científicos.</p>
<p>En una de sus estancias de dos semanas en la zona, moviéndose por todo tipo de terrenos, incluidas áreas de alta radiación, la dosis que acumularon 24 horas al día <strong>fue equivalente a la de dos vuelos a EEUU o a un tercio de una mamografía.</strong> "Los niveles de radiación son una realidad", concede, "pero hay que ponerlos en contexto".</p>
<h3>La marcha de los humanos</h3>
<p>La ausencia de humanos, explica, ha sido el factor clave para la recuperación del entorno natural. “No es que la naturaleza se haya recuperado, es que <strong>está en mejores condiciones que antes del accidente.</strong>” El caso de los lobos resulta paradigmático: la densidad actual es la mayor de Europa, algo impensable antes de 1986, cuando eran perseguidos sistemáticamente.</p>
<p>Antes del accidente, había <strong>350.000 personas viviendo ahí</strong>, con una intensa actividad agrícola e industrial soviética. Esa presión desapareció por completo. Los campos de cultivo se han transformado en bosques y praderas, creando un ambiente mucho más rico.</p>
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