
A estas alturas nadie discute que el motor económico de España es el turismo, condensado fielmente en la expresión “Sol y Playa”. A modo de hito, España vislumbra con cierto orgullo la posible barrera de los 100 millones de turistas recibidos durante el 2025, ya que, en 2024 se quedó a seis millones de alcanzar la cifra redonda. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), la actividad turística española alcanzó los 184.002 millones de euros en 2023, suponiendo un 12,3% del PIB. Desgraciadamente, confiar el modelo económico, y por ende de prosperidad del país a un pilar cuya base está estrechamente ligada al contexto geopolítico, no parece la estrategia más sólida y duradera.
La disminución del peso de la manufactura en el Producto Interior Bruto (PIB) ha sido un rasgo común en Occidente desde la década de 1970. La expansión de la globalización habilitada por el comercio marítimo supuso una deslocalización de actividades industriales a países emergentes impulsados por los ahorros en los costes. Todo ello resumido en una gradual reducción de peso específico de la industria en Europa que ya observa lejana la barrera del 15 % de contribución a la economía del país.
demanda peninsular española total a lo largo de 2023 ha sido 229.526 GWh (229 TWh).
Real Decreto-ley 7/2025 para reforzar el sistema eléctrico, el cual incluye una prórroga de la reducción del 80% de los peajes eléctricos a los consumidores electrointensivos, con efecto retroactivo desde el pasado 23 de enero.
Así pues, el precio final de electricidad que tienen que hacer frente la industria, en este caso electrointensiva, asciende a 62,9 €/MWh en el mercado peninsular. Como se puede comprobar, incluso Alemania, quien dispone de un precio de mercado superior al español, logra adelgazar la tarifa final que tiene que hacer frente su industria.

